Bueno, nunca puede decirse que se haya visto todo en esta vida, y mucho menos si hacemos referencia a ese desquiciado mundo que es la televisión, aunque creo que los límites y la posibilidad de sobrepasarlos están cada vez más cerca. Las distintas cadenas toman posiciones en el inicio de la temporada y tratan de camelarnos con iniciativas supuestamente atractivas, fichajes de estrellas mediáticas – con todo el relumbrón propio de deportistas de elite –, nuevos colaboradores y equipos y, por encima de todo, unos contenidos que se nos presentan como novedosos, ilusionantes, con posibilidades... Televisión de calidad, al fin y al cabo.
Y en realidad, lo que ocurre es que a la misma porquería, con un sospechoso hedor a fruta pasada, le dan una capa de barniz con brochazos gordos, la empapan de colonia barata y ¡Hala, a emitir! Lo importante es cubrir todos y cada uno de los huecos de la parrilla sin importar el cómo y mucho menos el por qué. Da igual que los informativos sean una mera plataforma de intereses económicos e ideológicos de empresas y empresarios gigantescos, dando importancia a noticias vacías y sucesos macabros; no importa que el setenta y tantos por ciento de la programación – series, películas, etc. – se haya comprado en el extranjero y que los productos nacionales, anunciados a bombo y platillo como paradigmas de la creatividad y el buen hacer patrio, hagan aguas por todas partes, rezumantes de mediocridad y estereotipos. El caso es que tenemos una televisión de calidad, vamos a ser testigos de una feroz competencia por el share y bla bla bla bla...
Y la mejor muestra de esto es que estos días se inicia la ¡novena! edición de Gran Hermano, la segunda de Supermodelo, que en Telecinco triunfa Escenas de Matrimonios – una podrida idea de José Luis Moreno, ese que creía que las noches de sábado no podían terminar bien si no se aderezaban con un desfile de jóvenes siliconadas en ropa interior – Vamos, lo que yo decía: televisión de Beluga, como el caviar. ¿Creen que no puede empeorar la cosa? ¡¡Qué poca fe tienen ustedes!!
Hoy mismo inicia la nueva temporada el late show de Cuatro: Noche Hache. Esta curiosa mezcolanza de información tratada con ligereza, humor y entrevistas pasó con éxito la prueba de fuego que imponen los índices de audiencia la temporada anterior y, este año, se propone dar un paso más. En plena carrera electoral de nuestros dirigentes por La Moncloa, a los guionistas del programa se les ha ocurrido la feliz idea de inscribir a la presentadora, colaboradores, espectadores y a todo el que se apunte, a un partido político de creación expresa. Así, como lo leen. Un programa de televisión que crea un partido político según lo establecido por nuestro ordenamiento jurídico, con sus actas de diputado y todo. Aunque había leído alguna noticia hacía unos días, no me he la había creído hasta ahora, cuando he comprobado atónito, una vez más, que en este país uno de los ejercicios favoritos de la concurrencia es mezclar churras con merinas.
Me parece muy triste que se haga un uso tal de las herramientas que la democracia – esa palabra con la que se llenan la boca muchos y por la que sangraron y murieron muchos más – otorga a la ciudadanía para dirigir sus destinos. Y que no me venga nadie ahora con milongas de libertad de expresión y asociación, que estamos hablando de cosas realmente serias. Frivolizar de tal modo con la política, haciéndola objeto de burlas, juegos mediáticos y acrobacias humorísticas me parece una falta de respeto hacia quienes entendemos de su importancia y su significación; y un peligro en la concepción misma de nuestras sociedades, por dar a entender que es algo tan poco relevante que puede dejarse en manos de cualquiera.
En tiempos de la Grecia clásica, era en la política y en su ejercicio activo y responsable donde residía la fortaleza de la identidad ciudadana de quien participaba en la Asamblea, representándose a sí mismo, es cierto, pero comprometido con los problemas de los demás, de la propia ciudad. No podía entenderse una vida ordenada y feliz sin un buen basamento político. Y hoy en día, aunque los políticos profesionales no hagan más que meter la pata y llenarse los bolsillos, dejamos en manos de cualquier mindundi el desarrollo de una de las profesiones más importantes que existen. Y para mayor escarnio, sujeto a los caprichos del mando a distancia. Así nos va. Charanga y pandereta para rato, es lo que nos queda.
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10 septiembre 2007
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