27 enero 2008

Clases magistrales

Hay recuerdos que conviene que sigan siendo recuerdos para siempre; momentos que deben atesorarse como pequeñas piedras preciosas, como mantras grabados a fuego en nuestro cerebro. El otro día, viendo unas fotos que no tenían nada que ver con un servidor, rescaté de mi memoria algunos de esos pequeños y valiosos tesoros, una de las experiencias más intensas y aleccionadoras que he tenido en mi vida. Y quisiera compartirla con ustedes, en parte como exorcismo y en parte como tributo y señal de respeto a los protagonistas de la historia.

Acudí a la Clínica Universitaria de Navarra cuando contaba apenas con unos dieciséis o diecisiete años, principalmente porque era – y es – uno de los centros médicos e investigadores más prestigiosos del país; afrontaba mi tercera operación quirúrgica y me aseguraban que estaba en las mejores manos posibles. Antes de la operación eran necesarias innumerables pruebas, ya que no contaba con historial clínico propio en el centro. Para ello iban a necesitar varios días, por lo que tenía que permanecer ingresado durante un tiempo, a pesar de estar más sano que una manzana. Quizás por mi edad, o por política empresarial – quién sabe –, terminé en una planta donde los pacientes jóvenes eran mayoría: Oncología infantil.

Mi compañero de habitación era Salva, un chaval catalán algo más pequeño que yo con un cáncer óseo en un fémur. Cuando ingresé ya llevaba un tiempo con quimioterapia, por lo que había perdido todo el pelo y necesitaba andar con muletas. Pronto hicimos buenas migas y conocí a su madre, una señora encantadora que me enseñó lo que era – y lo rico que estaba – el pa amb tomàquet (el pan con tomate). Al cruzar el pasillo estaban Javi y Víctor, también adolescentes y con la misma enfermedad en diferentes estadios. Mientras se sucedían los días y las pruebas estos “tres mosqueteros” me enseñaron a reírme de los problemas y a no perder la esperanza jamás. Junto a ellos comprendí que el humor es casi tan efectivo como el mejor medicamento y que hay que afrontar todos los malos tragos – hasta los más amargos – con dignidad, serenidad y valor. En una planta donde la hora de juegos era obligatoria – había partidas de Trivial Pursuit casi a diario –, llegué a carcajearme hasta las lágrimas porque Salva intentaba meterle mano a las jóvenes y guapas estudiantes de enfermería que pululaban por allí; hice apuestas por cuál sería la próxima pegatina en las muletas de Javi – todas relacionadas con los coches de carreras y la velocidad, irónicamente –; llegué a convencerme, gracias a la insistencia de Víctor, que los zaragozanos eran los más machotes y que no se decía amarillo sino “amariglio”. Llegué a chafarme, porque no tenía un historial de “chapuzas” – intervenciones – tan extenso e impresionante como ellos, y no podía presumir, como lo haría un futbolista con sus trofeos. Durante un breve instante, fueron mis amigos. Y me enorgullezco enormemente de poder decirlo.

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Salva tenía “quimio” por las noches y, más de una vez, me desperté al escucharle llorar o vomitar con el veneno, que trataba de sanarle, pero que le quemaba por dentro. Me limitaba a morder la almohada en la oscuridad, esperando que pasara pronto y lamentando, con lágrimas en los ojos, que aquello tan horrible pudiera pasarle a alguien tan estupendo a sólo un metro y medio de mi cama. Al día siguiente, si había conseguido dormir algo, estaba tan fresco como una lechuga, dándome de nuevo una lección de entereza y valentía. Nos intercambiamos direcciones cuando salí de allí y le mandé una carta al tiempo de estar de nuevo en casa, ya con la fecha de mi operación anotada en la agenda. Salva no me contestaba y no sabía nada de Víctor y Javi. Por un momento, pensé que me habían olvidado hasta que, pasado el tiempo, cuando menos lo esperaba, recibí carta de Salva, aunque la escribía su madre. De manera tremendamente cariñosa, me contaba que Salva no me había olvidado, que valoraba mucho mi amistad, pero que, lamentablemente, nos había dejado el pasado mes de.... Nunca terminé de leer aquella carta y fue la primera vez que lloré por un amigo. Era tan valiente que me había hecho olvidar que estaba gravemente enfermo.

Cuando volví a Pamplona para operarme, y mientras estaba en la sala de espera, para hacerme los análisis necesarios y todo lo relacionado con la anestesia, además de un T.A.C., vi en el pasillo una cara vagamente familiar. Tras un rato, un chaval en silla de ruedas se me acercó:

Sin pelo no soy el mismo, ¿Eh? – Era Javi, el de las muletas de carreras

Mantuvimos una charla breve, en parte por mi desconcierto – que él asimiló de manera natural y con una sonrisa, ya un tanto apagada – y en parte porque no era el lugar adecuado para nada más extenso. Saludé a sus padres y nos despedimos deseándonos suerte. Nunca volví a verlo. No me atreví jamás a investigar sobre qué había sido de él. Demostré poco valor, al contrario que ellos.

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Han pasado muchos, muchos años. Y sin embargo, se mantienen muy presentes en mi memoria; de hecho, son en gran parte responsables de los pocos redaños que puedo demostrar ante algunos problemas, algo no demasiado difícil cuando se han tenido buenos profesores. Forman parte de mí y nunca les agradecí todo aquello que me regalaron. Infinidad de certezas y enseñanzas sobre la vida, la felicidad, el dolor y la muerte. Enseñanzas que no se ven y sobre las que no se habla, pero que tienen un valor incalculable y que jamás podré pagarles. Gracias, chicos. Sois cojonudos.

6 comentarios:

Hugo dijo...

Impresionante historia, me has dejado de piedra... muchas gracias por tus palabras, espero que toos las leamos con cama.

El contemplador azul dijo...

Solo puedo decirte que es una preciosa historia, a mi también se me han saltado las lágrimas.


Gracias por seguir escribiendo cosas como estas.

Batsi dijo...

Ja, sabía que ibas a sacarlo muy bien. Y ahora me quedo muda. Siepre he tenido deseos de trabajar por una causa social y estoy aún dando vueltas en mi cabeza qué puedo hacer por el mundo. Una de las cosas que me circulan por mi cerebro es ayudar a colectar dinero para la lucha contra el cáncer porque le temo horriblemente a esa enfermedad. Aunque han pasado tantos años sigue siendo dura de vencer y como una peste se extiende sin que uno pueda hacer nada.

Tú también eres cojonudo, cielo. Ya lo sabés pero te hace falta creertelo.

Aitor Lourido Rodríguez dijo...

Amigo, te has superado. Es increíblemente emocionante.

La verdad, no sé qué decirte. En el fondo, es una pena que tuvieras que pasar por ello. Pero a la vez, debes sentirte afortunado por haber compartido vivencias y enseñanzas con gente de tal entereza. Y más cuando, a medida que han pasado los años, has sabido incorporarlas a tu vida.

Felicidades por el artículo. Ha sido emocionante.

Lord Brithuss dijo...

Queridos amigos y lectores:

Gracias por vuestros comentarios. Ha sido de los posts más difíciles de redactar en estos dos años largos. No me gustaría faltar a la memoria de mis compañeros escribiendo algo poco sincero u honesto. Verdaderamente no puedo expresar en palabras todo lo que me enseñaron, y lo profunda e importante que fue aquella experiencia para mí. He intentado plasmar mis recuerdos desde el agradecimiento y el cariño, y el hecho de que hayáis asimilado parte de aquella emoción es el mejor regalo que me podéis haber hecho. No obstante, no cometáis el error de pensar que yo era protagonista de aquello. Sencillamente pasaba por allí y trato de hacer de "mensajero", nada más. Ellos son los auténticos héroes. Un abrazo a todos.

L.B.

Maitane dijo...

Me ha encantado el artículo,me ha emocionado y me ha tocado la fibra de lo más hondo de mi corazón. Conocía la historia, un día me la contaste, pero escucharla y sobre todo leerla, me ayuda a pensar en lo afortunada que soy. Siempre nos estamos lamentando de que todo nos va mal, pero como decía un buen amigo, si miras hacia arriba, verás que les va mucho mejor, pero si miras hacia abajo te darás cuenta de que hay gente que lo pasa mucho peor que tu.